Entrevistamos a tres personas sobre cómo viven ellos la Semana Santa

por mali

Entrevistamos a tres personas para conocer los contrastes de la Semana Santa en dos lugares diferentes de España. Una madre y su hijo, de Santander, y una chica de Granada, los tres con distintas edades y grados de acercamiento a las procesiones y las Cofradías. Procedentes también de ciudades con diferentes tradiciones de Semana Santa.

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¿Cuál es la primera experiencia de Semana Santa que recuerdas?

Guadalupe, 63: en nuestra ciudad no hay una tradición tan marcada como en tantos lugares del Sur y de Castilla. Sí recuerdo la sobriedad del ambiente en general, cuando era joven, y al ser una sociedad tan religiosa esto se dejaba sentir en todo. En esos días de celebración, esto se notaba en el cine y los conciertos, que se clausuraban. En la televisión sólo ponían películas religiosas… Hoy en día esto parece ciencia ficción, sacado de “Cuéntame”, pero es cierto. Mi padre era cofrade y ahora mi hijo ha continuado esa tradición cuando se lo han pedido, fui a verle en las procesiones pero… ¡Costaba reconocerle porque llevan la cara cubierta con el capuchón del hábito!

Miguel, 34: siempre la he vivido de puertas para adentro, me acuerdo de haber presentado un trabajo para el colegio sobre el tema, pero no he participado de forma activa en las procesiones hasta muchísimo después. Ya con 33 años, fui costalero en varios pasos de mi ciudad, Santander, y quedé encantado con el espíritu de la Cofradías. Los pasos los llevábamos a hombros y eso llamaba la atención de mucha gente, porque otra Cofradías de aquí llevan pasos impulsados por ruedas. ¡La verdad es que mi Cofradía no tiene mucho que envidiarle a una del Sur! Me resultaba llamativo con qué entusiasmo vivían todo: estábamos viendo en la tele la preparación de las Cofradías en Sevilla y dije, “vaya, ahí sí que se lo toman en serio”. Uno de mis hermanos de la Hermandad se volvió a mí, entonces, y me dijo: “¡pues como nosotros!” Me hizo gracia porque aunque sea una celebración menos espectacular, la devoción de los participantes no puede compararse por esas apariencias. Cada cual lo vive a su manera.

Dimelsa, 25: no puedo decir ésta o la otra sin antes explicarme, puesto que hay matices y sentimientos que parten y finalizan en una misma razón de ser… Aunque se vivan en distintos escenarios. Soy de Granada y en mi Trujillo natal (Perú) las procesiones son mas austeras aunque la fe sea la misma. Mi abuela materna me enseñó un protocolo de Semana Santa distinto y a la vez parecido en algunos puntos al de este país, supongo que por algo España es nuestra madre patria: la Cultura es similar, al igual que las creencias. Y en Granada viví mi primera experiencia de Semana Santa gracias una de mis mejores amigas, a quien quise acompañar con mi cámara de video en el año 2008. Ella era costalera de la Santísima Virgen de la Caridad de la Hermandad de la Lanzada de Granada. La tarea más dura de las Cofradías también la realizan las mujeres y ella llevaba el paso a hombros, a pulso. Ese día acompañé a mi amiga desde que empezó a colocarse la faja, para no lastimar su columna, junto a otra amiga que también era costalera de esa misma Hermandad. Poco tiempo después, nos hicimos inseparables.

¿Y la Semana Santa más emocionante que has conocido?

Guadalupe, 63: la Cofradía de La Merced de mi ciudad sale la procesión de su parroquia y sube siempre por una cuesta muy pronunciada, con el paso sobre los hombros. Al llegar arriba, antiguamente, había una cárcel que estaba funcionando y se incorporaba a la ceremonia un preso de la cárcel al que indultaban con motivo de esa ocasión. Era muy bonito ver subir el paso con tan gran esfuerzo y sobre todo que el propósito de la Cofradía fuera interceder por los que están cumpliendo condena. Lógicamente, también me hizo ilusión ver a mi hijo llevar un paso.

Miguel, 34: cuando me tocó hacer de costalero, me impresionó la emoción con que mis compañeros lo vivían. A algunos se les saltaban las lágrimas, y aunque cada uno lo siente a su manera no puedes evitar contagiarte de ese sentimiento común. No es que yo no sea creyente, claro, si no lo fuera nunca hubiese participado, pero mi devoción siempre había ido por otros caminos y entonces te llama la atención ese ambiente tan intenso. ¡Las “levantadas” del paso, cuando todos a una nos ponemos en pie con el monumento que cargamos sobre los hombros, son especialmente emocionantes! Cada uno lo vive como le sale del alma, pero entiendo que es también una tradición que se contagia entre amigos, vecinos, familia… No es un sentimiento que se improvise y lleva mucho trabajo detrás: preparación del paso, con todo el mimo del mundo, ensayos de la banda de música, ensayos de los costaleros que van a cargar el paso… Como momento especial, recuerdo que estrenamos un paso que es una pasada: un Cristo Crucificado que hizo una escultora de nuestra ciudad y que tiene una fisonomía completamente humana. ¡Era impresionante ver cómo le tocaba la luz de las antorchas!

Dimelsa, 25: para mí no hay emoción más grande que procesionar con mi Hermandad Sacramental de San Francisco de Asís y Santa Clara, vestida de nazarena, portando el rosario morado de mi abuela y caminando a la luz de las velas… Con las misma fe que mi abuela me inculcó de niña, con el corazón encendido, amando la soledad aun en medio de tanta gente, escuchando la banda al son de las marchas tradicionales, susurrando las melodías conocidas… Ese primer día que comentaba antes fue la primera vez que empecé a vivir una Semana Santa con el corazón y la cabeza, una explosión de sentimientos que cambió el concepto que yo tenía hasta ese entonces de la palabra procesión. Los días siguientes descubrí otras salidas de hermandades típicas, pintorescas, serias y con carácter. Cuando mi amiga Verónica me dedicaba alguna “levantá”, sentía que mis peticiones subían al cielo con el mismo impulso que el paso. Las acompañé desde las 4 de la tarde hasta las 2 de la madrugada, aproximadamente, y viví el primer encierro de una hermandad de barrio participando junto a su gente de la “bulla”, que caracteriza el final de cada estación, todo ello dentro de una atmósfera llena de emociones a flor de piel. La bulla es el grupo de personas que ya casi al terminar la estación de penitencia rompen el protocolo, y delante del trono empiezan a decir “piropos” sobre todo a la Virgen: “¡guapa, bonita!” Al año siguiente, me decidí a formar parte de eso tan bonito que antes había admirado desde afuera.

¿Si pudieras elegir una Semana Santa de España que quisieras conocer, cuál sería?

Guadalupe, 63: hasta hace poco te hubiera dicho la de Sevilla, porque se ve muy espectacular por la televisión y el ambiente impresiona, pero hace poco vi un reportaje sobre la de Cuenca y quedé fascinada por la sobriedad y la belleza de las escenas. Y también me llama la atención la de Murcia por los pasos, por las imágenes. Supongo que habría que conocerlas todas, una por una.

Miguel, 34: Zamora y Sevilla, esas dos, por ser un poco los polos opuestos en cuanto al estilo de las procesiones y el ambiente, pero sería estupendo poder visitar al menos una de las más famosas y aprender de sus matices locales. Creo que entre ambas capitales uno puede explicarse un poco lo que es España, con esa variedad de contrastes que es única en Europa y el mundo.

Dimelsa, 25: a lo mejor no soy objetiva, pero se me rompe el alma pensar que algún año no pudiera ver a mis compañeros cofrades en Granada y Málaga, esta ultima ciudad tiene a un Cristo que cuando lo veo, me emociono. Del Norte, me llama especial atención la Semana Santa de Asturias, concretamente la de su población de Villaviciosa, porque tengo conocimiento que guardan costumbres que datan del siglo XVII. Sé que allí es más austera que en el Sur, aunque la Semana Santa siempre sea un regreso a mis orígenes, a las enseñanzas de mi abuela.

¿Con qué tres palabras resumes lo que significa para ti la Semana Santa?

Guadalupe, 63: religiosidad popular, tradición de cada lugar y el arte de las imágenes.

Miguel, 34: devoción, tradición antigua y belleza estética. Independientemente de que seas religioso o no, es un evento muy típico de nuestra tierra y tiene una personalidad propia. Es una forma fenomental de acercarse a la cultura ancestral de las regiones de España, a una época en que la religión era más esencial que todo lo demás, y esto es la demostración de que sigue siendo importante para mucha gente.

Dimelsa, 25: es difícil para mí resumir un sentimiento formado de incontables emociones. Mis tres palabras serían amor, acompañamiento y oración, todo ello en soledad profunda, con discreción y humildad. Reviviendo el sufrimiento y la resurrección de quien lo dio todo por nosotros: en cada saeta y marcha en honor a lo divino, en cada “chicotá” y “levantá” de los pasos, entrego todas las equivocaciones, tropiezos, decepciones, tristezas, necesidades para que Dios las haga suyas y las enderece.

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